Mi voz se quebró un poco al final. Apreté el vaso con fuerza y bajé la mirada, avergonzado de sentirme débil frente a mi padre.
Él suspir y ascendió, comprensivo.
—Es cierto, hijo. Lo vi muy feliz. Estaba radiante. Y eso… eso es lo más difícil. Ver a un niño sonriendo por una mentira.
—No quise desilusionarlo —agregué, casi como una súplica—. No, delante de todos. No, frente a los reporteros, los invitados… y mucho menos frente a sus amiguitos.
Mi padre cruzó las manos y se inclinó hacia adelan