Rebeca Miller
Llegamos a la mansión Schmidt. El taxi se detuvo suavemente frente a la reja principal y, por un instante, me quedé observando la imponente entrada, esa misma que crucé tantas veces con miedo, otras con rabia… y muy pocas con ilusión.
Suspiré profundamente y bajé del taxi, abriendo la puerta trasera. Eva fue la primera en asomarse con sus rizos revueltos y su sonrisa amplia.
-¡Mamá! —Crees que el abuelo nos dará más regalos como la otra vez? —preguntó con los ojitos brillando.