Una voz que me erizó la piel desde la nuca hasta la espalda baja.
—Hola, Rebeca…
Me congelé. Cerré los ojos apenas un segundo antes de girarme. Sabía quién era. Reconocería esa voz incluso en el fin del mundo.
Me volteé lentamente y ahí estaba.
Carlos.
De pie, a unos pasos de mí, con sus ojos azules clavados en los míos como si el tiempo no hubiera pasado. Llevaba una camisa blanca remangada, sujeta con desdén a los codos, y el rostro… el rostro marcado por el peso de los años, pero también por