Rebeca Miller
El sonido del motor del auto se apagó justo cuando Carmen giró hacia mí para desearme un buen día. Le sonreí, le agradecí con un gesto y salí del vehículo. El aire matutino me golpeó el rostro con suavidad mientras caminaba hacia la entrada principal de la empresa Miller. La fachada, aunque polvorienta, seguía imponiendo respeto. Era como mirar una versión dormida de un sueño que alguna vez le pertenecía a mi padre.
Suspiré. Aún podía sentir el eco de su voz guiándome en los pasil