Charles Schmidt
Llegué a mi oficina y me senté en mi silla de cuero negro. El sol de la mañana se colaba entre las persianas, iluminando apenas el escritorio frente a mí. Crucé los dedos sobre el pecho y me quedé allí, esperando la llamada del señor Gómez. Me imaginaba la expresión de Rebeca al enterarse de que todas sus deudas habían sido canceladas. Sonreí. Parte de mí deseaba estar presente, ver esa mezcla de sorpresa e incredulidad en su rostro.
Pero también sabía que probablemente me odiar