Rebeca Schmidt
El zumbido constante de los motores del jet privado de mi suegro era el único sonido que rompía el pesado y fúnebre silencio de la cabina. Afuera, la noche europea era una sábana negra e interminable, tan oscura como el miedo que me devoraba por dentro.
Mi madre, Evelyn, estaba sentada a mi lado. Sostenía mi mano entre las suyas, frotando mis nudillos fríos con una suavidad que me recordaba a cuando era niña y me enfermaba. Pero ninguna caricia podía curar la herida abierta qu