Allí estaban.
Sentados en dos camas de hospital pequeñas, vestidos con batas blancas que les quedaban enormes, estaban mis niños. Tenían bandejas con pasta frente a ellos y devoraban la comida con el hambre de quienes han estado en el mismísimo infierno.
Mi madre, incapaz de contenerse un segundo más, se llevó las manos a la boca y soltó un grito ahogado.
Aiden levantó la cabeza de su plato. Sus ojitos azules, rodeados de ojeras oscuras y suciedad, se iluminaron al instante.
—¡Mamá! —gritó,