Agarré la mano de Andrés con firmeza y lo guié hacia el sedán negro que nos esperaba. Entramos en el frescor del aire acondicionado, dejando el calor de la pista atrás. El guardia empujaba a Aiden hacia una camioneta vieja.
Cuando la puerta se cerró y el chofer arrancó, me giré hacia Andrés. Lo miré fijamente, escrutando cada microexpresión de su rostro.
—¿Qué significa esa señal, hijo? —pregunté suavemente, aunque mis ojos eran dos taladros.
Andrés me miró, con los ojos grandes y aparentemente