Agarré la mano de Andrés con firmeza y lo guié hacia el sedán negro que nos esperaba. Entramos en el frescor del aire acondicionado, dejando el calor de la pista atrás. El guardia empujaba a Aiden hacia una camioneta vieja.
Cuando la puerta se cerró y el chofer arrancó, me giré hacia Andrés. Lo miré fijamente, escrutando cada microexpresión de su rostro.
—¿Qué significa esa señal, hijo? —pregunté suavemente, aunque mis ojos eran dos taladros.
Andrés me miró, con los ojos grandes y aparentemente inocentes.
—¿Cuál señal, mamá?
—No me mientas, Andrés —dije, endureciendo el tono—. Te vi. Asentiste hacia él. ¿Qué fue eso? ¿Un pacto? ¿Una promesa?
Andrés sostuvo mi mirada. Por un momento, temí que Charles ya lo hubiera corrompido, que hubiera convertido a mi hijo en un espía en mi contra. Pero entonces, Andrés sonrió. Fue una sonrisa torcida, pequeña, llena de una malicia que me resultó encantadoramente familiar.
—Nada, mamá —dijo con tranquilidad—. Solo fue una despedida entre hermanos.
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