El silencio en el vestíbulo de la mansión de mi padre era denso, casi tangible, solo roto por el sonido rítmico y ansioso de mis propios pasos sobre el mármol. Caminaba de un lado a otro, trazando una línea invisible entre la escalera y la puerta principal, incapaz de quedarme quieto. Arriba, mi padre estaba hablando con Andrés, intentando reparar en minutos el daño que Amelia había cimentado con la precisión de un arquitecto del caos.
Me pasé la mano por el cabello, sintiendo la tensión acumul