Fue como encender una mecha.
Andrés retiró su mano de la de Charles bruscamente. Se puso de pie, su silla rasgando el silencio una vez más. Su pequeño cuerpo temblaba, no de miedo, sino de una rabia que parecía demasiado grande para él.
—¡Nunca iré a esa casa, papá! —gritó, su voz rebotando en las paredes—. ¡Esta es mi casa y es tu deber estar a mi lado! Si te vas… si te vas a esa otra casa, es porque los escogiste a ellos antes que a mí.
—Andrés, no es una elección entre… —intentó decir Charle