Al llegar al último escalón, mi padre se detuvo y miró a Andrés; luego me miró a mí con una expresión que mezclaba alivio y advertencia.
—Tu hijo tiene algo que decirte, Charles —dijo mi padre con voz suave pero firme—. Vamos, campeón. Habla. Tu padre quiere escucharte.
Andrés levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, hinchados de llorar, pero ya no había esa furia explosiva de hace un rato. Solo había una resignación triste. Se soltó de la mano de su abuelo y dio unos pasos vacilantes hacia mí