Al día siguiente, la luz suave del amanecer se filtraba a través de las gruesas cortinas de la habitación, tiñendo las paredes de un cálido tono dorado. Me desperté lentamente, sintiendo aún la pesada losa del cansancio sobre mi cuerpo, como si no hubiera dormido en absoluto. Me giré hacia el lado derecho, esperando encontrar el calor de Rebeca a mi lado, pero ella ya no estaba en la cama. El vacío junto a mí, aún tibio, me hizo abrir los ojos del todo.
Alcé la vista y la vi sentada al borde de