— Charles Schmidt
Llegamos a casa pasadas las ocho. Las luces del porche estaban encendidas y la cálida iluminación se reflejaba en el jardín delantero, dándole a la fachada de nuestra casa ese aire familiar que tanto había extrañado.
Rebeca aparcó con suavidad frente a la entrada. Se volvió hacia mí con esa expresión serena que siempre usaba cuando quería darme una instrucción importante.
—Charles —dijo con una media sonrisa—, recuerda… tienes que actuar como si no supieras nada, ¿de acuerdo?