— Charles Schmidt
Estoy en mi oficina, terminando de firmar los últimos documentos. El bolígrafo raspa el papel y por un momento me concentro solo en ese sonido; la sala huele a tinta y a café viejo. Levanto la vista y miro el reloj de pared: son las doce en punto. —¡Mierda! —digo en voz baja; la palabra se me quiebra entre los dientes.
Me levanto de un salto; los papeles crujen bajo la mano. La prisa me empuja por el pasillo; dejo la gabardina colgada de un gancho y cruzo la oficina sin pensar