Rebeca Miller
Entramos a la casa y de inmediato mi piel se erizó. El aire cálido me envolvió, y no supe si era por la temperatura o por los recuerdos que esta casa me devolvía de golpe. Cada rincón, cada cuadro, cada olor me hablaba de un pasado que había prometido no revivir jamás.
Charles caminó con paso seguro hacia donde estaban nuestros hijos, y yo lo seguí, un poco temblorosa, como si mis pies no quisieran obedecerme.
Allí estaban los tres, sentados en la mesa del comedor. Aiden ocupaba l