Todos terminamos de comer. La mesa quedó sumida en un silencio espeso, solo interrumpido por el tintinear de las cucharas contra los platos y el pequeño suspiro satisfecho de Eva, que siempre encontraba felicidad en los detalles más sencillos. Me detuve a observar cómo Rebeca, con movimientos suaves, ayudaba a Eva a limpiarse la boca con la servilleta, y cómo Aiden, con ese aire de hermano mayor responsable, le servía agua a Damián, cuidando de que no derramara ni una gota.
Me levanté despacio,