No había olvidado el encuentro con mi cliente misterioso y de ese abrazo que me atreví a darle sin arrepentimientos. Sentir su abrazo de vuelta, su paz, era lo que necesitaba en ese momento.
Volví al hospital para ver a mi madre y estaba muy bien. Esta vez mi padre sí estaba, pero ambos nos ignoramos completamente. El “Dr Beltrán” entró un par de veces a la habitación y con su cara sínica sonreía y manifestaba estar alegre por los resultados de la operación. Pero sabía lo que era capaz de hacer