Capítulo 5.

Capítulo 5

El aire dentro de la habitación se congeló. Lo reconocí al instante, su traje impecable y esa postura imponente. Era Alejandro. Estaba allí, parado en el umbral, emanando una furia tan intensa que casi podía palparse.

El gordo se sobresaltó, su mano asquerosa se detuvo en mi cintura.

—¿Quién demonios eres tú? ¡Lárgate de aquí! Esto no es tu problema —dijo, pero Alejandro no respondió con palabras.

Cruzó la distancia en dos zancadas y estrelló su puño contra la cara del gordo.

El impacto hizo que el hombre se tambaleara contra la pared. Y un hilo de sangre brotó de su labio.

—Te he dicho que la sueltes —repitió Alejandro, su voz baja y gélida me hizo temblar.

A pesar del terror, sentí una extraña punzada de alivio y protección.

Alejandro se dirigió al hombre, sin mirarme. Lo agarró el cuello de su horrorosa camisa de seda brillante.

—Escúchame bien, maldito infeliz. Soy Alejandro Ríos. Y si vuelvo a escuchar que le has puesto un dedo encima a esta mujer me aseguraré de que no vuelvas a ver la luz del día sin la protección de cuatro paredes y barrotes. ¿Entendido?

El gordo, aterrado, asintió. Sus ojos suplicando. Alejandro lo soltó con un empujón que lo hizo caer de culo al piso.

Luego, se giró hacia mí.

Mi cuerpo estaba en shock, temblaba de miedo. Mis piernas no respondían. Sentí su mano cerrarse sobre mi antebrazo. No fue un agarre amable. Fue una orden brutal que me obligó a obedecer.

—¡Vamos! —exclamó.

Salimos del club ignorando al gorila que custodiaba la entrada. Alejandro me arrastró por el callejón oscuro y soltó mi brazo cuando llegamos a la carretera.

Colocó su abrigo sobre mis hombros con rudeza y me obligó a subir a un vehículo negro lujoso.

Ambos nos sentamos en el asiento trasero mientras que su chofer se dirigía a toda velocidad hacia el centro de la ciudad.

Estaba temblando incontrolablemente, mis manos aferradas al abrigo como si necesitara fuerzas para no desmoronarme frente a él.

Podía oír su respiración errática, su rostro rígido, mirando por la ventana, su mandíbula tensa.

No me había preguntado si estaba bien. Su único interés parecía ser su propia furia.

—No sé cómo me encontraste —balbuceé, mi voz aún ronca por el miedo.

Él se giró lentamente y su mirada me perforó el alma. Sus ojos ardían con una mezcla de ira y algo muy parecido a celos.

—¿De verdad crees que soy tan estúpido como para sentarme a esperar tu llamada? Después de lo que me dijiste hace unos días supuse que intentarías hundirte tu sola.

Pasé saliva con dificultad, su rostro acercándose peligrosamente al mío.

—Eso no responde a mi pregunta —solté, con la garganta seca.

—Pedí que te investigaran. Y fue una suerte para ti que lo hiciera.

Nos detuvimos frente a un hotel boutique de cinco estrellas. Me llevó al lobby y luego me condujo casi a rastras a una suite privada.

En cuanto la puerta se cerró detrás de sí, se giró hacia mí y me acorraló contra la pared. Su aliento tibio rozando mi oreja.

¡Por Dios! ¿Qué pretende?

—¿Qué demonios estabas haciendo allí, Sarah? —su voz baja resonaba en mi pecho con violencia—. ¿Tan pronto te diste por vencida?

Mis lágrimas, que se habían contenido todo este tiempo, finalmente cayeron. Me sentí expuesta y furiosa conmigo misma por haber llegado a ese extremo.

¿Por qué tuvo que ser él quien me salvara de esa maldita situación?

—¡Necesito dinero, Alejandro! Debo conseguirlo como sea. ¿No lo entiendes? ¡Es por mi hija! Es la única forma de recuperarla.

—¡Esa no es una respuesta! —bramó, furioso—. ¿Fue la única forma que encontraste? ¿Venderte en un cuchitril por unos cuantos billetes sucios que no te alcanzarían para nada?

Me apretó la mandíbula obligándome a mirarlo a sus ojos negros que ahora me veían con rabia.

Estaba furioso y no solo por el riesgo que corrí, sino por la ofensa que mi desesperación le había causado.

—No lo entiendes —sollocé, apartando la mirada—. Tú lo tienes todo. En cambio yo... me he quedado sin nada. ¡Soy una madre sola, desesperada! Abandonada incluso por su propia hija. No sé cómo lidiar con esta situación, sin un centavo en el bolsillo, con mi familia en la ruina, mi padre amenazando con quitarse la vida, el banco embargando una a una nuestras propiedades y mi hija en manos de mi exmarido. Mi dignidad ya no importa, Alejandro, ¡Solo me importa recuperar a Joe!

—¿Tu dignidad? —gritó, furioso—. ¿Ese maldito gordo estaba a punto de... de tocarte, y me hablas de dignidad?

Su voz se quebró ligeramente. Hubo una fisura en su compostura, un atisbo de vulnerabilidad que me desconcertó.

—¡Basta, Alejandro! —traté de apartarlo, pero su cuerpo se tensó aún más. Su respiración tibia sobre mi cuello me hizo temblar.

—Mírate. La altiva, la indomable, la que se casó con el empresario perfecto, rebajándose a esto.

—¡Alejandro, para!

—¿Era este tu plan, Sarah? ¿Quieres que sienta lástima por ti ahora que estás tocando fondo?

Un recuerdo fugaz de aquella noche llegó a mi memoria en ese instante, borroso por el alcohol. Pero esos ojos, sus besos. ¡No, seguramente debió ser un sueño!

—¡No tengo un plan, Alejandro! —grité—. No tiene nada que ver contigo. ¿No lo entiendes? yo...

Él me interrumpió, su rostro a centímetros del mío, la ira que lo consumía se hacía visible en sus ojos.

Me empujó con firmeza haciéndome caer de espalda en la cama. Presionándome debajo de su cuerpo, dejándome atrapada.

Pude sentir su calor corporal a través de su ropa, el ritmo acelerado de su respiración y la mía.

...

Alejandro.

La tensión sexual que explotó en el aire fue abrumadora, intensa y peligrosa.

De cierta forma, estaba reclamando el control que ella me había negado todos estos años. Quería devolverle con creces el dolor que me causó su rechazo, su maldita humillación.

—Mírate —susurré sobre su cuello, La punta de mi nariz rozando su piel tensa. Estaba a punto de besarla, pero me detuve, manteniendo el contacto físico como castigo—. Te metiste en problemas con un hombre repugnante en lugar de recurrir a la única persona que realmente puede ayudarte. ¿Por qué, Sarah? ¿Temías tener que pagarme un precio... que no fuera monetario? ¿Es eso lo que te aterra?

Sentí una punzada de rabia al darme cuenta de que una parte de mí estaba respondiendo a esa peligrosa cercanía.

La frustración y el deseo se mezclaban en ese espacio tan íntimo.

—¡Suéltame, Alejandro! Soy una mujer en una crisis, no una de tus... conquistas —dijo ella, apartando el rostro.

Me levanté de golpe. Alejándome de la cama, pasando una mano por mi rostro, sintiéndome furioso conmigo mismo por el arrebato.

Me di vuelta, apoyándome contra la pared. Mi respiración se normalizó, y mi voz volvió a ser la del empresario frío y calculador de siempre.

—Te ayudaré. Pero no voy a darte treinta millones solo porque eres una mujer en crisis y yo tu caballero andante. El dinero por sí solo no resolverá tu problema.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que la custodia es una batalla que se gana con poder, no solo con dinero. Ese imbécil tiene más poder que tú, y sus conexiones en el juzgado ya lo han demostrado. Yo tengo el poder que necesitas —la observé de arriba a abajo, detallando su cuerpo que tanto me volvía loco hace tantos años—. Puedo darle la vuelta al tablero por ti, Sarah.

—¿A cambio... de qué? —preguntó con su voz entrecortada.

—A cambio de que te conviertas en mi amante.

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