Mundo de ficçãoIniciar sessãoCapítulo 4
Sarah. Mi dedo quedó suspendido sobre el nombre de Alejandro. La última línea de mi lista de contactos... la última oportunidad antes de rendirme y aceptar que Miguel había ganado. Hace unos años, un blog de noticias reveló que Alejandro, el chico callado de la universidad, era en realidad el heredero del Grupo Ríos, uno de los conglomerados más influyentes de la región. En ese momento, la ironía me pareció cruel, pero inofensiva. Yo, Sarah Clark, hija única y heredera del Grupo Cielo, lo odié todo este tiempo por haberse marchado sin avisar. Desde que me casé con Miguel jamás me atreví a buscarlo. Ahora, la rueda del destino había girado con una malevolencia sádica. Me quemaba la idea de pedirle ayuda justamente a él. Alejandro me bloqueó antes de partir, y yo, sentía que no podía perdonarlo. Cerré los ojos y presioné el botón de llamada. Sonó una, dos, tres veces. Pensé que no contestaría. Tal vez había cambiado de número. Pero inesperadamente, la llamada se conectó. Una voz profunda y grave resonó al otro lado de la línea. ... Alejandro. —¡Vaya sorpresa, señora Hans! —respondí irónicamente al recordar su humillación. Sabía que algún día me contactaría... pero que lo hiciera luego de la caída de su imperio, fue demasiado decepcionante. —Alejandro. Yo... Yo... La escuché tartamudear y los recuerdos de aquella noche empezaron a taladrar mi cabeza. FLASHBACK: La noche de su cumpleaños, Sarah había tomado demás... quise sorprenderla llevándole su pastel favorito, pero cuando entré a su sala VIP, su voz fue inesperadamente melosa. —¡Al fin llegas, cariño. Ven... acércate! Me detuve en seco, mis músculos se tensaron al escucharla. Acarició mi pecho con una lentitud devastadora, mientras abría los botones de mi camisa. Me negué y retrocedí un paso, una negación hecha gesto que habría alejado a cualquiera, pero no a ella. —No seas tímido, chico guapo —rozó mis labios con la punta de sus dedos. Ella había sido mi debilidad desde hace años, la deseaba, pero jamás se lo dije por miedo a perder nuestra amistad. —Vamos... mis amigos se esmeraron para hacerme un buen regalo. Muéstrame lo que sabes hacer. Intenté una última protesta, pero ella ya estaba demasiado cerca, demasiado invasiva. —¡Sarah, no hagas esto... por favor! —supliqué, con mi voz débil. Ya no podía resistir más... pero ella no escuchó mi advertencia. Rodeó mi cuello con sus brazos, acercándose a mi rostro, y me besó. No pude corresponder a ese beso, mi cuerpo estaba paralizado, pero el roce de sus labios bastó para hacerme sentir espasmos en todo mi cuerpo. El pastel cayó al piso y mis manos se fueron por si solas a su espalda, intensificando el segundo beso, sintiendo un torbellino de emociones reprimidas y deseo liberado. Sarah apretó mis hombros y cerró los ojos deleitándose con el sabor de mis labios. La despojé de su vestido lentamente y ella me arrancó la camisa con desesperación, acariciando mi torso desnudo. La alcé a horcajadas en mi cintura y la recosté contra la puerta sin dejar de besar su boca, su cuello... sus senos. Sarah cerró los ojos, rindiéndose ante mis caricias. No nos dimos cuenta de cuando llegamos a la cama, solo se dejó llevar del placer que le brindaba. Su espalda se arqueó, sus músculos se tensaron y sus manos apretaron con fuerza las sábanas. Un gemido bajito se escapó de sus labios y en medio del placer que estaba sintiendo, solté esa verdad que traía anudada en mi garganta desde hacía años. —Te amo Sarah. No se en qué momento se levantó de la cama. Sacó un fajo de billetes que tenía en su bolso y los arrojó a mis pies. —Toma, ¿No es eso lo que quieres? ¡Deja de soñar despierto! Me quedé inmóvil. Sorprendido por su actitud. ¿Ella... me estaba confundiendo con un prepago? Fin del FLASHBACK. —No esperaba que la hija mimada del Grupo Cielo se dignara a contactar a... Quise restregarle en la cara cómo me humilló queriendo pagar mi "servicio sexual" aquella noche, pero guardé silencio. La rabia que sentía por dentro no me permitió soltar una sola palabra al respecto. —No quería molestarte. Pero... Estoy en una mala situación y... necesito de tu ayuda. —¿Mala situación? —repetí, con un tono sarcástico bastante ácido—. La vida de la alta sociedad siempre me pareció tan... estable. —Me estoy divorciando de Miguel —dijo ella, y esa simple noticia me sacudió todo por dentro—. Me traicionó, destruyó la empresa de mis padres... y me está quitando a mi hija por mi falta de estabilidad económica. Lo que quiero decir es que necesito dinero para levantar la empresa y resolver mi situación. —¿Y porqué crees que debería ayudarte? —pregunté, serio, aunque en el fondo albergaba un atisbo de preocupación. —Por favor —suplicó—. Necesito treinta millones. Es la única forma de recuperar a mi hija. ¡Te los pagaré! —¿Treinta millones? —repetí, con una risa burlona—. Es una suma considerable, Sarah. ¿Y pretendes que te la conceda sin ninguna garantía? —Te lo devolveré con intereses. Tan pronto como recupere la empresa. Lo juro. —Juramentos —repetí—. Los juramentos valen lo que la palabra de quien los hace. Y tu palabra no ha valido mucho para mí en el pasado. Sarah. Sentí una punzada de odio en sus palabras. La superioridad de su estatus y ese inexplicable resentimiento que no pude comprender, pero que se reflejaba a través de sus palabras. —Me equivoqué al casarme con Miguel. Pero ahora lo veo todo claro. Por favor, solo por un momento, deja de lado tu... indiferencia y ayúdame con esto. —¿Me pides que deje de lado "mi indiferencia" y te preste treinta millones para salvarte de las consecuencias de tu propia ceguera?. ¡Demasiado arrogante, Sarah! Pero... dime qué estás dispuesta a ofrecer para que acceda a ayudarte, si me interesa, quizás considere echarte una mano. —¿Qué quieres que haga? —pregunté, temblando como una hoja—. Si quieres que trabaje para ti sin sueldo, lo haré. Dime qué quieres, pero por favor, necesito ese dinero. Él se soltó una risa irónica. —¿La heredera del Grupo Cielo trabajando para mí? Esto suena... interesante. Había algo en su tono, una mezcla de desprecio y algo que no podía identificar. —Piénsalo, ¿Sí? Te llamaré mañana —dije, y colgué. Pasé los próximos tres días en una nube de ansiedad y frustración. No podía esperar. Necesitaba dinero ya. Si Alejandro decidía no ayudarme, debía tener otro plan. —Treinta millones... lo haré por mi cuenta, me dije a mí misma. Mi desesperación me impulsaba a la acción. Intenté todos los métodos posibles, busqué créditos con garantía hipotecaria, que no pude obtener debido a la quiebra de mis padres. Incluso vendí mis joyas de la boda, pero el valor no cubría toda la deuda. Nada funcionó... y el reloj no se detenía. Dejé el móvil sobre la mesa, agotada. Mis ojos, vagando sin rumbo por la pantalla de mi ordenador, se posaron de repente en un anuncio de reclutamiento. »¡Trabajo a Tiempo Parcial! »Puesto: Vendedora de bebidas en Bar de Entretenimiento. »Beneficios: Sueldo alto, pago por comisión. »Una buena forma de obtener ingresos extra rápidamente. No ganaría treinta millones, claro está. Pero si el pago por comisión era tan bueno como decían, valía la pena intentarlo. Mi mente ya no distinguía el peligro de la desesperación. Solo veía el signo de dólar y el rostro de mi hija en todas partes. Envié un mensaje. Me respondieron inmediatamente, dándome la dirección de un lugar llamado "The Velvet Room" y citándome esa misma noche. El taxi me dejó en un callejón oscuro, frente a una puerta sin letreros, custodiada por un hombre grande e intimidante. Entré, mi corazón latiendo con fuerza. El ambiente era sofocante con el olor a tabaco, perfume barato y alcohol. No era un simple bar común. Era un club de entretenimiento, oscuro y decadente. Una mujer con ropa vulgar y mirada vacía me recibió. —¿Vienes por el anuncio de trabajo? —Sí —dije, tratando de sonar profesional. —Pasa por aquí. El jefe te explicará los "beneficios". Me condujo por un pasillo a una habitación pequeña y maloliente en la parte trasera. Allí me esperaba un hombre gordo, sentado en la cama con un tabaco encendido en su mano. Me miró con una expresión lasciva que me revolvió el estómago. La cruda verdad me dio una bofetada en la cara. No estaban reclutando vendedoras de bebidas. Estaban reclutando prostitutas. —Señor —balbuceé, retrocediendo lentamente—. Creo que hubo un error. Yo... no estoy interesada en este tipo de trabajo. El gordo rió fuerte y mordió su labio. Fue la cosa más repugnante que pude ver esa noche. —No, preciosa. Aquí no hay ningún error. ¿Qué tal si te sientas y hablamos de tus beneficios? Intenté escapar, pero la mujer había cerrado la puerta desde afuera. El pánico me inmovilizó. —¡Déjenme salir! grité con fuerza, golpeando la puerta, pero nadie me escuchó. El gordo comenzó a desabrocharse el cinturón. La forma en la que se saboreó los labios me dio ganas de vomitar. —No te hagas la difícil, te gustará —gruñó, con su voz ronca. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Estaba atrapada. Mi respiración se aceleró, mi cuerpo no dejaba de temblar. Él se lanzó sobre mí, sus manos me atraparon por la espalda cuando golpeaba la puerta. Me tiró en la cama, se me echó encima y comenzó a manosear mi cuerpo tratando de quitarme la ropa, cuando de pronto, un golpe seco lo dejó inmóvil. La puerta se abrió con tanta fuerza que golpeó la pared. Un hombre alto, con traje oscuro irrumpió bruscamente en la habitación. Su presencia poderosa, llenaba el espacio con una autoridad que no podía ser desafiada. Su voz resonó, baja y peligrosamente tranquila, en medio del silencio. —Suéltala.






