Capítulo 3.

Capítulo 3

El sobre cayó de mis manos con un peso cruel que me desarmó por dentro.

Me quedé allí, de pie en esa sala que ahora se sentía tan vacía como mi pecho, mirando el titular en la pantalla con los ojos aguados.

El Grupo Cielo, la empresa de mis padres enfrentaba problemas financieros, sus acciones colapsadas, riesgo de quiebra inminente.

¡No pude soportarlo! Me desplomé cayendo de rodillas, sintiendo como todo me pasaba por encima como una tormenta que no se detiene.

Era una mezcla paralizante de asombro, desolación y una punzada aguda de culpa que me quemaba la piel.

¿Por qué?

No dejaba de culparme por lo que estaba pasando. Por mis malas elecciones. Por haber entregado mi vida al hombre equivocado.

Pero mis padres... ellos no merecen sufrir así. Ellos no debían perderlo todo por mi error.

¿Por qué la empresa había caído justo en este momento?

La respuesta del abogado, la noticia del colapso... todo se enlazaba con la custodia perdida. El fallo provisional que le otorgaba a Miguel la tutela de mi hija resonaba con frialdad.

"Factor económico".

Mi situación como madre soltera era sólida, pero la situación financiera de mis padres, que indirectamente era la mía, ahora era un campo de ruinas.

La situación económica de los padres es el factor primordial para los jueces, dijo el abogado. Si yo no podía asegurar la estabilidad financiera de Joe, la justicia favorecería a Miguel, el dueño de la próspera empresa Rosa Imperial.

Me obligué a salir de mi trance. Tenía que ir a casa de mis padres. Apoyarlos, saber qué fue lo que pasó en realidad.

Cuando llegué a la puerta principal, el ambiente frío y pesado me golpeó. No había el bullicio habitual de la casa, el transitar de los empleados.

Mis padres estaban sentados en el sofá, su postura generalmente erguida ahora encorvada por la desesperación.

Mi madre, con los ojos hinchados lloraba sin parar, y mi padre, ahora derrotado, amenazaba con quitarse la vida.

Verlos así me destrozó aún más. Mis pilares, mis héroes, estaban rotos. Y por lo tanto, yo también lo estaba.

—Mamá, papá, ¿qué ha pasado realmente?

Mi padre me miró, y por primera vez vi el miedo genuino en sus ojos.

—Sarah, mi niña... —respondió mirándome fijamente. Sus ojos mostraban una profunda depresión—. El director financiero, Chang, desvió los fondos de la empresa y se fugó del país.

Mi madre sollozó. Tapándose su rostro con ambas manos.

—Hemos llamado a la policía, pero dicen que será difícil rastrearlo. Las cuentas están vacías. Hicieron un trabajo limpio para desaparecer el dinero. No hay rastro. Nada que lo vincule.

Debía hacer algo, cualquier cosa. Me acerqué al escritorio donde mi padre dejó el periódico abierto, mostrando la orden de captura. Quedé petrificada. Miré fijamente la fotografía. Conocía esa cara.

Un recuerdo me golpeó como una bala directo al corazón.

Hace más de seis meses, volví a casa buscando unos documentos importantes que había olvidado. Abrí la puerta del despacho y allí estaban.

Chang, el fugitivo director financiero del Grupo Cielo, y Miguel, hablando.

Miguel se sobresaltó al verme regresar, su cara se puso rígida y me dio explicaciones vacías sobre un supuesto "trato de negocios" que no sonó convincente.

En ese momento, lo ignoré, pensando que Miguel era un empresario que hacía nuevos contactos.

Ahora, la verdad me golpeaba duramente con la fuerza de un huracán. Miguel intentaba infiltrar a alguien en la empresa de mi familia. No era solo el director financiero del Grupo Cielo; era su agente. Un ladrón con título y corbata.

En las noticias apareció un nuevo comunicado.

»La famosa empresa local Rosa Imperial anunció oficialmente su entrada en el sector de las baterías de energía nueva. Esta industria había sido históricamente liderada por el Grupo Cielo, un legado familiar de más de cinco generaciones.

El aire abandonó mis pulmones. Ahora todo estaba claro.

No fue que Miguel dejó de amarme. O que Emma se había metido en medio de nuestra relación. Es que en su vida solo fui una estrategia, un plan premeditado y cruel para destruir a mi familia y apoderarse de nuestro imperio.

El matrimonio, su dedicación, incluso sus atenciones hacia Joe... todo fue una fachada calculada para arrebatarme todo lo que me pertenece.

Llevé mis manos a la cabeza. La traición era tan profunda, que superaba cualquier infidelidad. Él no solo me había destrozado la vida, nos había arrebatado nuestro sustento, nuestra dignidad y, ahora, a mi hija.

Fue un golpe de estado a mi propia vida. Mi tristeza se evaporó, reemplazada por una rabia y una determinación férrea.

Llorar no iba a ayudar a mis padres. Ni me devolvería la custodia de mi hija.

Tenía que pensar como una estratega, no como una esposa traicionada. Si quería ganar la custodia definitiva, debía resolver el problema financiero de la empresa.

El Grupo Cielo tenía deudas que superaban cualquier cifra que pudiera imaginar. Y yo... yo no tenía la capacidad de cubrir el déficit.

El miedo de perder a mi hija para siempre a manos de ese manipulador, me movió.

El timbre de mi móvil me sacó de mis pensamientos. Era él. Miguel.

Dudé un segundo en responder, luego contesté, con un nudo en la garganta.

—¡Vaya, Sarah. Pensé que estarías muy ocupada! Recibiste el fallo provisional, ¿verdad? —su voz sonaba prepotente, cargada de burla. Lo oí reír por lo bajo.

—No te rías, Miguel —le advertí, apretando la mandíbula.

—¿Y cómo no voy a reír? Parece que el juez ha entendido quién puede ofrecerle un futuro más estable a mi hija. Te lo dije, ¿no? La custodia es mía —hizo una pausa, y luego una risa femenina se escuchó al fondo. Era Emma.

—¡Hola, prima! Joe está tan contenta aquí. Está jugando con el nuevo set de muñecas que le regalé, ¿sabes? Deberías ver lo bien que me la llevo con ella —dijo Emma, su voz llena de veneno.

Estaban juntos, celebrando mi derrota.

La sangre me hirvió.

—¡Aléjate de mi hija, Emma! Y tú, Miguel, esto no ha terminado. Es solo el comienzo.

Él se rió de nuevo, una risa profunda y arrogante.

—¿De verdad crees que puedes ganarme, Sarah? Tu empresa está en quiebra, no tienes ni un centavo, y yo tengo todo el poder. ¿Cómo vas a recuperar a la niña?

—¿De verdad crees que todo lo que hiciste quedó perfecto? Ya tengo pruebas, Miguel. Solo necesito tiempo.

Colgué antes de que pudiera responderme, temblando de furia.

Me dejé caer en el sofá, absorta en mis pensamientos. Tenía que conseguir dinero. Era mi única opción, el único factor que inclinaría la balanza a mi favor en la audiencia definitiva. Necesitaba un milagro financiero.

La dignidad ya no importaba. Solo importaba Joe. No podía permitir que creciera viendo el reflejo de ese hombre como ejemplo. Mi hija no podía tener tan mal corazón.

Finalmente, tomé el móvil y abrí la lista de contactos. Tenía que pedir dinero prestado.

Comencé a llamar en orden. Empresarios conocidos con los que mi padre había hecho tratos. Compañeros de la universidad que habían tenido éxito en el mundo empresarial. Uno tras otro, mi esperanza se desvanecía.

—Sarah, me encantaría, pero mi liquidez ahora mismo...

—Lo siento mucho por tus padres, pero es demasiado riesgoso invertir allí...

—¿El Grupo Cielo? Nadie se atrevería a invertir en eso ahora mismo, lo siento.

Lo entendía perfectamente.

¿Quién prestaría dinero a alguien que estaba a punto de quebrar? Nuestra empresa era un riesgo demasiado grande, una deuda segura. Mi orgullo se encogía con cada rechazo, pero mi determinación seguía intacta.

Mi mano, finalmente, se detuvo en el último contacto de la lista... Mi último recurso.

Alejandro.

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