ROBERTO
Toqué dos veces la puerta antes de abrir con cuidado. La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la luz de una pequeña lámpara de la mesilla.
—¿Melia? —llamé en voz baja.
Ella estaba en la cama, recostada de lado, con la manta subida hasta la barbilla. Al oír mi voz, se giró lentamente, frunciendo el ceño.
—¿Qué haces aquí? —susurró, con una mezcla de enfado y sorpresa.
—Me dijeron que no te sentías bien —respondí, cerrando la puerta tras de mí. Caminé hasta el borde de la c