El domingo amaneció quieto.
Demasiado quieto.
El tipo de quietud que no es paz sino pausa: el aire detenido, los pájaros callados, el cielo del color exacto del plomo antes de que se derrame. Como si la tormenta hubiera decidido que el domingo era el día de acumular todo lo que iba a soltar el lunes.
Valerie salió a las siete y media a comprar el pan.
La plaza estaba casi vacía.
El hostal de la plaza tenía la persiana de la entrada bajada a medias.
La habitación de Morales, según Dora, había si