La tormenta rompió a las cuatro y veintidós de la tarde del lunes.
No con anuncio.
Sin el trueno que avisa ni el relámpago que cuenta los segundos hasta el golpe.
Directamente: el cielo que llevaba cinco días cargándose se abrió de golpe y el agua cayó toda a la vez, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento para decidirse.
Valerie estaba en el tercer piso cuando oyó el primer impacto en el tejado.
Miró por la ventana del pasillo.
El aparcamiento había desaparecido bajo el agua e