El lunes amaneció frío.
El tipo de frío que no tiene viento pero sí peso: aire quieto y denso que hacía que cada respiración fuera un esfuerzo pequeño y consciente.
Valerie se levantó a las cinco y media.
Los trillizos dormían todavía.
Se vistió frente al espejo del baño: la blusa sin manchas de lejía, el pantalón negro, los zapatos cerrados con suela de goma que no hacían ruido al caminar y que había comprado en la tienda de ropa de la señora Cano porque eran los únicos zapatos de adulto de su