Matilde no era una mujer pequeña, pero tampoco era joven.
Los sesenta años pesaban en sus huesos mientras se contorsionaba para pasar por la ventana del baño, sus manos cortándose con los fragmentos de vidrio que quedaban adheridos al marco, su respiración saliendo en jadeos ásperos que llenaban el espacio reducido.
Cayó al otro lado con un golpe sordo, aterrizando sobre las rodillas con un crujido que hizo que Valerie jadeara de dolor empático a pesar de su propia agonía.
—Dios santo —murmuró Matilde cuando finalmente levantó la vista y vio a Valerie en el suelo del baño.
No era una imagen bonita.
Valerie estaba doblada sobre sí misma, con el camisón empapado de sudor y sangre, sus manos agarrando el borde del inodoro con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. El charco de sangre bajo ella crecía, oscuro y viscoso contra las baldosas agrietadas.
—Los bebés —jadeó Valerie, y su voz sonaba como algo roto, como cristales molidos—. Vienen ahora.
Matilde se puso de pie con esfuerz