Matilde no era una mujer pequeña, pero tampoco era joven.
Los sesenta años pesaban en sus huesos mientras se contorsionaba para pasar por la ventana del baño, sus manos cortándose con los fragmentos de vidrio que quedaban adheridos al marco, su respiración saliendo en jadeos ásperos que llenaban el espacio reducido.
Cayó al otro lado con un golpe sordo, aterrizando sobre las rodillas con un crujido que hizo que Valerie jadeara de dolor empático a pesar de su propia agonía.
—Dios santo —murmuró