Las siguientes dos semanas fueron un borrón de actividad frenética, cafeína en dosis industriales y una intimidad forzada que crecía en el pequeño contenedor de metal que servía como oficina provisional en el sitio de construcción, un espacio reducido donde el aire acondicionado luchaba una batalla perdida contra el calor del verano y donde la tensión entre Isadora y Dante se volvía más espesa que el cemento que vertían afuera.
El plazo de los tres meses se agotaba como arena en un reloj roto,