El olor a madera quemada no era simplemente un aroma en el aire nocturno, era un fantasma físico que se metía por la nariz y bajaba hasta el estómago para revolver las entrañas de Isadora, despertando memorias genéticas de un terror que no recordaba haber vivido pero que su cuerpo conocía perfectamente, mientras caminaba entre los escombros humeantes de lo que debía haber sido el almacén principal del "Proyecto Horizonte", sus botas de diseñador hundiéndose en el lodo negro formado por el agua