El reloj de la casa segura marcaba las once de la noche cuando Isadora finalmente dejó de temblar.
No era miedo lo que la sacudía, sino algo más peligroso: una rabia fría y calculadora que amenazaba con consumir todo rastro de humanidad en su interior. Había pasado seis horas desde que Marcos se lanzó del SUV. Seis horas desde que lo vio desaparecer en el sedán de Andrés. Seis horas desde que el mundo se partió en dos.
Cuarenta y dos horas restantes del ultimátum.
—Tenemos algo. —El Especialist