Las Cuarenta y Ocho Horas

El reloj marcaba treinta y nueve horas.

Isadora lo sabía porque no había dejado de contarlas desde que Elena confirmó la muerte de Andrés. Treinta y nueve horas de las cuarenta y ocho que Sarah Chen había concedido antes de que la oferta expirara. Nueve horas consumidas en insomnio, café frío y el sonido de Dante respirando en la habitación contigua.

No en la misma cama.

No desde que él escuchó la noticia.

El apartamento olía a café quemado y a silencio roto. Isadora se sentó en la mesa de la c
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