El departamento de Marcos olía a café quemado y a paranoia justificada.
Tres pantallas de ordenador brillaban en la penumbra del amanecer, cada una mostrando diferentes ángulos de las cámaras de seguridad que él mismo había instalado como respaldo personal, cámaras que nadie más sabía que existían. Ni siquiera Isadora. Ni siquiera Elena.
Especialmente no Roberto Medina.
—Lo contraté yo mismo —dijo Marcos sin apartar la mirada de las pantallas, su voz cargada de una culpa que se había estado ges