El reloj del departamento de Isadora marcaba las tres de la madrugada cuando Dante finalmente dejó de caminar.
Llevaba horas moviéndose como un animal enjaulado por la sala, su silueta recortada contra las luces nocturnas de la ciudad que brillaban a través de los ventanales. Cada paso resonaba con la cadencia de quien intenta escapar de algo que lleva dentro, algo que ninguna distancia física puede alejar.
Isadora lo observaba desde el sofá, una taza de té ya fría entre sus manos, esperando. H