La lluvia empezó a las tres de la tarde.
Sin aviso. Sin las nubes grises de preparación que normalmente anuncian el agua. Solo el cielo que se cerró de golpe y la primera gota en el adoquín del jardín de la fundación, grande, oscura, redonda como una moneda.
Nadie tenía paraguas.
Nadie fue a buscar uno.
Isadora y Dante estaban en el jardín trasero de la fundación, los dos solos, cuando llegó el agua. Isadora lo había pedido expresamente: sin testigos, sin fotografías, sin las personas que siemp