Barcelona. Diez de la mañana.
María llevaba flores silvestres.
No ramos de floristería. Flores que había cortado ella misma esa mañana en el mercado de Sant Antoni, eligiéndolas de a una, sin pedir consejo, con el ojo de quien sabe exactamente qué quiere aunque no sepa nombrar por qué lo quiere.
Albaida. Salvia. Lavanda silvestre. Una rama de romero que sobresalía por la parte de arriba del envoltorio de papel.
Olían a decisión.
La Capilla de San Miguel llevaba cuatrocientos años en el mismo lu