La fachada era discreta.
Solo una placa de bronce sobre la puerta. Letras pequeñas. Sin logotipo, sin colores corporativos, sin la gramática visual de los centros que quieren que los veas desde lejos.
Centro Ariadna.
Isadora la vio desde el coche un miércoles a las cuatro de la tarde, completamente por casualidad.
Iba de camino a la fundación. La calle de acceso estaba cortada por obras y el GPS la había desviado por un bloque hacia el norte. Un bloque que normalmente nunca recorría. Un bloque