El mensaje llegó sin número.
Sin prefijo de país. Sin nombre en la pantalla. Solo nueve dígitos que no correspondían a ningún patrón conocido.
Siete palabras en una línea.
Ya no hace falta que estés alerta.
Isadora lo leyó a las once y cuarenta y siete de la mañana, con Ernesto dormido en la hamaca del rincón y Lucía comiendo plátano en la silla alta con la concentración de quien no tiene pendientes en el mundo.
El libro de Marcos seguía sobre la mesa.
La cubierta oscura. El título en blanco. L