La pantalla mostraba una imagen granulosa de un aeropuerto europeo.
Isadora se inclinó hacia el monitor, estudiando la silueta borrosa que cruzaba el vestíbulo de llegadas internacionales. Cabello canoso, postura erguida, el caminar característico de quien está acostumbrado a que el mundo se aparte a su paso. Andrés Castellanos había aprendido a desaparecer, pero no había aprendido a dejar de ser quien era.
El auricular en su oído crepitó.
—Viena. Hace cuarenta y ocho horas. —La voz del Especia