El hospital olía a desinfectante y a decisiones difíciles.
Isadora permanecía junto a la ventana de la sala de espera, observando el amanecer pintar el horizonte de colores que parecían obscenos después de la noche que habían sobrevivido. Ocho horas desde la explosión. Ocho horas de cirugías, transfusiones, y oraciones silenciosas dirigidas a dioses en los que no estaba segura de creer.
Marcos vivía.
Era lo único que importaba.
Era lo único que repetía para no pensar en los seis operadores del