El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando Dante cruzó el umbral de Vega Corp.
Camila dormía en su departamento, sedada por las dos copas de vino que él mismo le había servido durante la cena. No había sido difícil convencerla de celebrar por adelantado el éxito de su plan. La vanidad era su punto ciego, y Dante había aprendido a explotarlo con la precisión de un cirujano.
El edificio corporativo permanecía en silencio a esa hora, habitado únicamente por guardias de seguridad que conocían