La fotografía de Lucía Sandoval seguía observándola desde la pared del departamento de Marcos, sus ojos oscuros atravesando el tiempo como un reproche silencioso que exigía respuestas.
Isadora no había dormido. Ninguno de ellos lo había hecho.
Las revelaciones de las últimas horas pesaban sobre el aire del pequeño espacio como plomo líquido, densas y asfixiantes. Roberto Medina. El hombre que patrullaba los pasillos de su empresa con sonrisa amable y uniforme impecable. El asesino de su tía. El