El departamento de Marcos era exactamente lo que Isadora había imaginado y a la vez completamente diferente.
Esperaba algo espartano, funcional, el refugio de un hombre que había pasado veinticinco años escondiéndose del mundo. En cambio, encontró paredes cubiertas de fotografías, docenas de ellas, todas del mismo rostro: una mujer de ojos oscuros y sonrisa gentil que se repetía en diferentes edades, diferentes contextos, diferentes momentos de una vida interrumpida demasiado pronto.
Lucía Sand