El Café Aurora ocupaba la esquina más elegante del distrito financiero, uno de esos establecimientos donde el precio del café era inversamente proporcional al tamaño de la taza y directamente proporcional al ego de su clientela habitual.
Isadora llegó diez minutos antes de mediodía.
Había ignorado las protestas de Dante, los argumentos de Elena sobre el riesgo de exponerse, las advertencias de Marcos sobre caminar directamente hacia la boca del lobo. Todos tenían razón, por supuesto. Pero tambi