El aeropuerto a las siete de la mañana huele a café rancio y a gente que todavía no terminó de despertar.
Marcos lo sabía porque llevaba media hora parado frente al mostrador de check-in, con la mochila a los pies y una expresión que no era tristeza, pero se le parecía.
Isadora llegó diez minutos tarde.
Venía con Lucía en brazos, el pelo recogido de cualquier manera y una bolsa de papel con medialunas que había comprado en el primer puesto que encontró abierto.
—Llegué —dijo.
—Lo veo.
—El tráfi