El productor se llamaba Henrik Voss. Cuarenta y seis años, traje gris marengo, acento sueco con capas de inglés americano. Había volado desde Estocolmo solo para estar en la première del documental. Había aplaudido de pie. Había llorado, o al menos lo había fingido muy bien. Al día siguiente les había enviado una propuesta a las tres. Cincuenta páginas. Números de siete cifras. Un director de prestigio adjunto. Una carta con la palabra legado subrayada cuatro veces.
Sofía la tenía impresa sobre