El amanecer encontró a Isadora en la sala de juntas de Montemayor Holdings, rodeada de carpetas abiertas y tazas de café vacías.
No había dormido. Después de escapar del cementerio por apenas minutos, había pasado el resto de la noche revisando los documentos de su padre con Elena y Marcos. Cada página revelaba nuevos horrores: transferencias millonarias a cuentas en Suiza y las Islas Caimán, pagos a funcionarios de aduanas, sobornos a jueces y fiscales, y una red de empresas fantasma que conec