El penthouse de Andrés Castellanos olía a whisky añejo y a conspiraciones rancias.
Ignacio caminaba de un lado a otro frente al ventanal que dominaba la ciudad, sus pasos dejando marcas invisibles sobre la alfombra persa que costaba más que el salario anual de la mayoría de los mortales. El vaso en su mano temblaba imperceptiblemente, delatando una agitación que su rostro intentaba ocultar sin éxito.
—Tiene los documentos —repitió por tercera vez, como si las palabras pudieran cambiar de signif