La mañana de la boda no llegó con campanas ni flores, llegó con el olor a café recalentado y la luz gris que se filtraba por las ventanas sin cortinas de la casa abandonada.
Valentina despertó primero, su cuerpo reclamándola del sueño con la urgencia de una vejiga aplastada por treinta y siete semanas de embarazo. Se movió con la gracia de un elefante marino, rodando hacia un lado, empujándose con los brazos hasta quedar sentada en el borde del colchón. Sus pies hinchados apenas tocaban el suelo