[Perspectiva: Sebastián Duarte]
El pánico tiene un sabor específico. Es metálico, como sangre en la boca. Es frío, como hielo bajando por la columna. Es paralizante, como despertar de una pesadilla y descubrir que es real.
Yo conocía el pánico. Lo había sentido cuando mi madre murió, cuando Carmen me torturó, cuando pensé que perdería a Valentina y al bebé en aquel ferry. Pero nada, absolutamente nada, me había preparado para verla doblarse de dolor mientras su cuerpo decidía que hoy era el día