El silencio de Isabella era lo más aterrador que había experimentado en mi vida.
No porque fuera un silencio de peligro; no había alarmas médicas ni respiración entrecortada. Era el silencio de una criatura tan pequeña que apenas hacía ruido al existir. Sus pulmones subían y bajaban contra mi pecho con una regularidad que tenía que verificar cada cinco minutos, porque mi cerebro se negaba a creer que algo tan frágil pudiera ser real.
La luz de media mañana entraba por las ventanas sin cortinas,