El amanecer llegó con el llanto de Isabella y el sonido de un motor acercándose por el agua.
El bote de suministros.
Había dormido en intervalos de veinte minutos entre cada alimentación de Isabella, mi cuerpo operando en una mezcla tóxica de adrenalina y agotamiento que hacía que el mundo pareciera ligeramente irreal. Sebastián no había dormido nada; podía verlo en la forma en que sus ojos estaban rojos e hinchados, en cómo sus movimientos eran más lentos, más cuidadosos, como si estuviera nav