El Hotel Emperador, donde Luciana había convocado su conferencia de prensa, era un edificio de veinte pisos en el corazón financiero de la ciudad, su vestíbulo de mármol y cristal diseñado para intimidar. Cuando llegamos, cuarenta minutos antes de la hora programada, ya había más de cincuenta reporteros esperando, cámaras y micrófonos multiplicándose como una plaga.
—Todavía puedes cambiar de opinión —dije a Sebastián mientras nuestro auto se detenía frente a la entrada lateral.
—No —respondió,